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jueves, 15 de enero de 2009

La Audioteca del Zorro Filoso (Fanatismo y Error - Rachmaninoff - Concierto para Piano No. 2)

Enfoquemos nuestra plática de hoy acerca de la música que amablemente mi amiga Sirenna, del Foro de Paco Calderón (http://pacocalderon.net/modules/newbb/), me ha solicitado, el Concierto para Piano No. 2 en do menor, de Sergei Rachmaninoff.

Les decía yo que mi hermana estudió para Maestra Normalista en Mexicali, en la entonces distinguida Escuela Normal Urbana "Fronteriza" y que hoy se encuentra sometida a los mismos problemas del magisterio nacional: algunos de los alumnos son faltistas, irresponsables, poco escrupulosos en su comportamiento y en su aseo. Hay cada historia que me ha contado mi hermana, cuando recibe a los practicantes de la Normal, fumando ellos en los recesos frente a los alumnos, presentando sus reportes de prácticas sucios y pésimamente redactados, con faltas de ortografía y sintaxis, con copy & paste al por mayor.

Qué lástima que los nuevos maestros se estén formando en un ambiente tan poco exigente, donde una mayoría de alumnos solo quieren la plaza para ganar de por vida un escalafón y un retiro poco merecido. De antemano les explico que no aplica para todos, pero sí los malos ejemplos de alumnos abundan.

Pero dejemos mi rabieta magistral para otra ocasión más idónea. Ahora les platicarles la anécdota de cómo adquirí el disco que a Sirenna tanto agrada. La verdad es que todo partió de un fanatismo y de un error. Me explico.

Mencionaba que mi hermana estaba en el DF para estudiar una especialización en la Normal de Especialidades, ubicada al final de Polanco, muy cerca de la embajada de Cuba y del Conservatorio Nacional. Ahí mi hermana estudiaba con sus entrañables amigas, todas también maestras, que querían aprender cuestiones sobre terapia de audición y de lenguaje. Una admirable especialización, ni duda cabe.

Una mañana, un sábado temprano, mi hermana me preguntó que si cuál sería nuestro plan de fin de semana. Recién habíamos rentado el departamentito de la colonia Escandón, en la calle de Progreso #106, y todavía no estábamos bien instalados. Por cuestiones de la escuela de mi hermana, y de mi trabajo, no habíamos avanzado gran cosa. Pero igual, el sábado lucía formidable para planear algo de nuestro gusto.

Así que sin pensarlo dos veces le dije que si íbamos el cine y ella aceptó de inmediato. Nos arreglamos y salimos en mi flamante Caribe L. En el camino compramos el periódico y consultamos la cartelera. Por el rumbo estaban tres cines buenos: el Versalles, el Latino y el Diana.

Así que entramos primero al Versalles en la primera función, de ahí al Latino en la segunda, para finalmente ir al Diana en la tercera función. Por eso les decía que todo partió de un fanatismo. Nadie en su sano juicio podría ir tres veces al cine, el mismo día, en cines y películas diferentes. Pero igual, a lo mejor sí hay algún Forista que haya cometido tal disparate.

De las tres películas solo recuerdo vivamente la primera, en el Versalles, con el título en español de “Pide Al Tiempo Que Vuelva” (Somewhere In Time), con Jane Seymour (Dr. Quinn, Medicine Woman; Battlestar Galactica) y Christopher Reeve (Superman; Monsignor; Deathtrap; Rear Window). Las demás no las recuerdo, honestamente.

Recuerdo esta película por dos cosas: una, por la bellísima Jane Seymour, que bien haría regresar en el tiempo a cualquier mortal enamorado de ella, y dos: la música de Rachmaninoff. Y aquí entra la parte del error.

Y digo error y no confusión, porque mi hermana inopinadamente, a mitad de la película, me dice: “¿Qué música es esa?”, y yo, tratando de conservar el hilo de la película y sacando el dato de la manga, digo una verdad y una mentira: “Es Rachmaninoff, su Concierto para Piano”. Mi hermana calló, dando por cierta mi respuesta.

Teniendo aún la melodía de la película en mi mente, un fin de semana X, fuimos al eterno e histórico Sanborns de Los Azulejos, para comer y pasar el rato en su librería y discoteca. Me acordé de lo que había dicho a mi hermana y anduve “busque y busque” el LP de Rachmaninoff. Lo encontré en una grabación del sello LONDON y nos fuimos al departamentito a descansar.

Llegando abro el sobre, lo coloco en el modular estéreo y…

El error fue una lección para el sabihondo cachorro del Zorro Filoso, donde aprendió su primera lección, que no fue la última, de que más vale decir “no sé, después te lo digo” a decir un dato o información falsa.

Claro que la música que tararea Richard Collier (Reeve) es la Variación XVIII sobre un Tema de Paganini del mismo Rachmaninoff, haciendo que Elise McKenna (Seymour) descubra con el tiempo que su amado aún no nacía y que debía esperarlo en el tiempo para decirle “Come back to me!

Y así, debido a ese fanatismo cinéfilo y a ese error, fue como adquirí el bellísimo Concierto para Piano No. 2 en do menor de Rachmaninoff, del que opino es EL concierto para piano.




Primer Movimiento, Moderato:




Segundo Movimiento, Adagio sostenuto:




Tercer Movimiento, Allegro scherzando:

domingo, 11 de enero de 2009

La Audioteca del Zorro Filoso ("El Cabezón" - Tchaikovsky - Obertura 1812)

Durante nuestros años infantiles, en vacaciones escolares, era inevitable visitar a nuestros abuelos maternos en Hermosillo. Ahí estaban nuestro Papá Nino y Mamá Nina, siempre sonrientes y amorosos para con sus nietos. La pasábamos genial, sobre todo porque íbamos al campo agrícola y al mar.

Mi tío Héctor(+), hermano menor de mi mamá, era un fanático de la pesca submarina, a buceo libre, con snorkel y arpón de liga. Así que lo acompañábamos mi papá, mi hermano, yo y mis primos, a un lugar de la costa de Hermosillo, en el Golfo de California, al que habíamos bautizado cariñosamente como “El Cabezón”, debido a una formación rocosa que había a un lado de la pequeña bahía.


Mi hermano y yo disfrutábamos mucho esos paseos, que duraban tres días con sus noches, acampando a la orilla del mar, alumbrándonos con viejas lámparas de queroseno, durmiendo en catres de tijera de lona, comiendo lo que se sacaba del mar por mi tío y que mi papá cocinaba deliciosamente para todos.

Al lugar se llegaba por interminables senderos de terracería, transitables solo por vehículos robustos tipo pick-up y llevando las vituallas necesarias como agua potable, combustible, verduras, frutas, condimentos, artilugios de pesca y cocina, etc. El viaje lo iniciábamos de madrugada y nos tomaba unas tres horas. Llegábamos a “El Cabezón” a eso de media mañana, para instalarnos lo más pronto posible, y ya para la media tarde todo estaba en su lugar.

Tenía mi careta de buzo y un pequeño snorkel, que mi tío me enseñó a usar y nadaba muy cerca de la orilla. De ahí aprendí a respetar al mar y esperar de él cualquier sorpresa o peligro. En algunas ocasiones me encontraba a alguna anguila entre las rocas, o un pulpo, o un pez horrible con ojos saltones. Me alejaba de ahí en el acto y continuaba mi exploración en lugares más seguros.

Mi tío, en cambio, se aventuraba entre las rocas submarinas, buscando alguna presa interesante para cazarla y llevarla a la superficie. Yo lo observaba flotando con mi careta desde la superficie, y veía como él su sumergía varios metros abajo, aleteando los pies con sus aletas de hule. Veía como en algunos segundos rodeaba alguna formación rocosa, atisbando aquí o allá, y cuando la presa convenía y había aire suficiente en sus pulmones, disparaba el arpón.

Varias veces lo veía venir a la superficie con algún pez novedoso para mí. Desde el inevitable Cochito, hasta un Huachinango del Golfo, o un Lenguado. Otras tantas veces, regresaba a la superficie sin presa para reponer la respiración y repetir las operaciones de caza.

Años después se hizo de un tanque de oxígeno para buceo, pero nunca pudo acostumbrarse a la nueva técnica. Me imagino que prefería la libertad de movimientos del buceo libre y que además representa más peligros como la narcosis de nitrógeno y otros temas de salud.

Alejados de cualquier influencia urbana o de civilización, el paraje aquél representaba algún tipo de riesgo de seguridad, ya que también siempre llevábamos un rifle con su dotación de munición. Con algún pretexto sobre cacería de conejo o liebre, iba mi tío o mi papá con el arma a recorrer los alrededores. En realidad, nunca tuvimos problemas y ya al final del paseo nos permitíamos el lujo de hacer una práctica del tiro al blanco.

Al final del tercer día, ya cansados de tanta naturaleza y exiguos de alimentos que no fueran peces, levantábamos el campamento y de regreso recolectábamos pitahayas de los sahuaros. Usábamos una larga vara de bambú con una punta metálica y una cuchilla, para así ensartar el fruto y cortar en su base. El sabor no era muy de mi agrado, pero igual me los comía. No muchos, porque la conseja era que provocaba estreñimiento por varios días.

Regresábamos a Mexicali por tren, cuando aún había el servicio de pasajeros, y la plática era en relación a las nuevas experiencias del viaje y de las chocanterías de los primos (que nunca faltan).

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He estado rememorando las veces que escuché los discos de mi padre en la recordada consola ZENITH. Estoy casi seguro que la compró a inicios de los 60s, cuando aún vivíamos en la colonia Industrial. Y podría asegurar que la compró en la Imperial Store, en Calexico, la pequeña ciudad vecina a Mexicali, al otro lado. Y tratando de buscar alguna referencia a dicha consola, logré encontrar esta publicidad en la revista National Geographic Magazine de diciembre de 1961.


Aunque no es exactamente el mismo modelo, es similar en cuanto a tamaño, distribución de sus componentes y accesorios. En esa consola se escuchaban los discos de mi padre, además de los discos de cuentos que les compartí anteriormente en el thread.

Debido a esa consola, fui aprendiendo a reconocer los autores, directores y orquestas de la música preferida por mi papá. Muchas de las sinfonías o piezas orquestales que hoy las escucho una y otra vez, las percibí por primera vez en ese aparato estereofónico.

Una de esas piezas inolvidables es la Obertura 1812, de Tchaikovsky. Mi padre debió recibirlo del Columbia Record Club en 1963 o 1964, y desde entonces es una de mis piezas favoritas.

Pienso que hoy en día, teniendo México tantos problemas y enemigos que lo acechan, es importante tener un momento de reflexión acerca de esta composición.

Al igual que hoy en México, la Rusia Zarista de aquél entonces tenía ante sí a un enemigo formidable. Napoleón y sus guerras sometían a países enteros ante la fuerza y la estrategia militar del Gran Corso. El imperio francés poseía la fuerza militar más grande que Europa haya visto hasta entonces. Y las ambiciones del dictador no tenían límite.

El límite lo estableció la campaña rusa, cuyo enfrentamiento más feroz fue la Batalla de Borodino, por mucho uno de los más sangrientos de la historia militar mundial. Muchos sacrificios rusos, en hombres y recursos, fueron necesarios para intentar detener a Napoleón de entrar a Moscú. Pero cuando el ejército francés entró a la ciudad ya se encontraba exhausto y hubo de emprender la retirada.

La derrota final fue en Leipzig, del 16 19 de octubre de 1813. Desterrado, Napoleón regresó para ejercer cierto poder durante los Cien Días, pero fue finalmente derrotado en Waterloo.

¿A qué viene tanta historia? A que pienso que aún nos hace falta mucho camino que recorrer en esta llamada guerra contra el narcotráfico. Que este pedazo de la historia nacional la leerán nuestros nietos en sus libros de texto. Que para entonces, México habrá vencido al enemigo totalmente y que el país será próspero y maduro.

Hoy lo que hace falta es tener altura de miras, y ver por sobre el horizonte la victoria inevitable final de los ciudadanos. Y qué mejor motivación que compartir con ustedes esta obra musical, llena de gloriosas visiones de triunfo.


martes, 6 de enero de 2009

La Audioteca del Zorro Filoso (La Planta de Extrusión - Cal Tjader - Speak Low)


El siguiente relato me vino a la mente por dos razones importantes: una, porque me da pié a recordar mis primeras épocas de ingeniero en una planta industrial y, segunda, porque fue la razón para ver el futuro después de una crisis mayúscula (la del '82) y ver el futuro como un reto y una oportunidad.

No es una anécdota sentimental ni emocional, pero instructiva. Eso sí.

Durante los años en que trabajé en Toluca, en EATON (creo que ya debo correr un poco el velo de tanto misterio), a donde ingresé como Coordinador de Capacitación, hubo tres proyectos importantes para la empresa en los que participé activamente.

El primero de ellos fue la implantación del sistema MAPICS (Manufacturing, Accounting and Production Information Control Systems) de IBM. Dicho sistema debía instalarse en el equipo IBM System 3 y controlar todas las actividades de manufactura, contabilidad y materiales de la planta. Me correspondió traducir (en gran parte), adecuar y desarrollar los cursos de introducción y operación del sistema.

El sistema solo se pudo completar en su parte de Control de Producción y Manufactura, ya que el módulo de Contabilidad jamás pudo liberarse de tremendos [i]bugs[/i], dejando el sistema entero a un mero manejo de número de partes entre procesos. Fue, finalmente, un elefante blanco.

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El segundo proyecto se refirió a la implementación del Sistema de Sueldos y Beneficios, basado en el sistema ofrecido por The Hay Group.

Este proyecto realmente me dio muchas satisfacciones profesionales, ya que inicié como entrevistador para las descripciones de puestos, hasta llegar a hacerme cargo de todo el Sistema en todas las empresas del Grupo EATON en México. El sistema se mantuvo como tal por varios años, según supe después de mi salida.

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Pero en esta ocasión quiero platicar sobre el tercer proyecto, la instalación de una planta de forjado por extrusión en caliente, que se realizó por los años 1983 a 1984. Durante muchos años, EATON manufacturaba (y lo sigue haciendo en esa misma planta) los ejes traseros para los camiones medianos de General Motors y Ford. La demanda de más ejes trajo consigo la necesidad de desarrollar los proveedores locales.

Es probable que este tema ya no tenga sentido hoy en la era de la globalización, sistemas expertos automatizados, Internet, discos duros de 1 Tb en los anaqueles y procesadores post-Pentium. Pero en aquel México de mediados de los 80s, saliendo de la peor crisis financiera “post-revolucionaria” de entonces, la empresa se atrevió a invertir en bienes de capital, utilizando tecnología de punta.

La compañía que vendió la prensa de extrusión fue LASCO Umformtechnik GMBH, que nos equipó con una prensa del tipo que muestro en la imagen.



Los ejes de camiones medianos, del tipo de volteo, llevan ejes traseros robustos donde se ubican los mecanismos de engranes planetarios, característicos de los diferenciales mecánicos. Dicho sistema de engranes permiten que las ruedas de los camiones (y automóviles también) puedan girar a velocidades diferentes, según se dé vuelta a la izquierda o derecha, o que no giren los engranes planetarios cuando se conduce en línea recta.

En caso de interesarles, pueden consultar el funcionamiento del diferencial aquí:
http://auto.howstuffworks.com/differential2.htm

El caso es que la prensa de extrusión se adquirió para fabricar las “puntas” de las “fundas” de los ejes traseros. Cuando vean un camión de volteo por detrás, observen su eje trasero y verán una enorme bola con dos “brazos” saliendo sobre su eje horizontal. Lo que ven es la “funda”, que cubre todos los mecanismos del diferencial y los dos ejes traseros, propiamente dicho.

En los extremos de dichos “brazos”, que en apariencia se conectan directamente a las ruedas del camión, se soldan las “puntas”. Les muestro una imagen de dicha parte del eje, sin maquinar aún, tal como saldría de la prensa de extrusión.


Lo que realizaba dicha prensa era todo el proceso, desde el cortado de las barras de acero hasta la extrusión final de la “punta”.

El proceso de cortado de las barras de acero se llevaba a cabo por una cizalla de sierra continua, que cortaba el metal en frío como si fuera mantequilla. Había un contenedor enorme que iba “volteando” las barras de acero, una a una, sobre un riel que iba haciendo avanzar las barras hacia su corte preciso.

Después de este corte, cada pieza de acero, de unos 10 x 10 x 30 cm, una a una, entraba a una cámara de calentamiento por inducción eléctrica, que elevaba su temperatura al “amarillo vivo”. Esta emisión de luz amarilla servía para medir su temperatura mediante un sensor portátil a distancia: observando a través de una mirilla se veía una retícula que “desaparecía” cuando el color del metal era el correcto. Si se veía la retícula, la temperatura era excesiva o por debajo de la especificación y era rechazada por el operador al accionar un botón.

Lo malo de este proceso de calentamiento, es que las piezas rechazadas por su color no podían ser “recalentadas”, debido a que cambiaba su estructura cristalina interna. Solo servían para revenderse, a bajos precios, y perder dinero en el proceso. Si la pieza era aceptada, seguía por el riel hacia la prensa propiamente dicha. Dicha prensa tenía seis estaciones de trabajo, en una especie de revólver, que realizaba las seis operaciones al mismo tiempo.

La primera estación tomaba, mediante un brazo mecánico operado automáticamente, la pieza incandescente y la colocaba horizontalmente sobre una plancha de acero. La prensa, entonces, bajaba a una velocidad previamente calculada, y reducía el espesor de la barra. Al subir la prensa, otro brazo la tomaba y lo colocaba en la segunda estación. Para este punto, el primer brazo tomaba ya la siguiente barra incandescente y la colocaba en la primera plancha.

La segunda estación repetía el proceso anterior, pero la barra era girada 90 grados, y entonces teníamos una barra con dimensiones laterales reducida, pero su longitud aumentaba durante estos procesos. Nuevamente, un brazo automático la tomaba y la pasaba a la siguiente estación.

La tercera estación repetía, otra vez, la operación pero ahora estaba en posición vertical. La prensa la comprimía entonces hasta lograr una “dona”, que era como la llamábamos, según se puede ver en esta imagen.


Por fin, la “dona” pasaba a la cuarta estación, primer paso de extrusión, donde unos moldes de acero, previamente diseñados, aceitados y enfriados con aceite especial, sometían a la “dona” a su primera formación como “punta”. La pieza se asemejaba mucho al producto final, pero aún no tenía sus dimensiones finales y su tubo interior estaba cerrado por un extremo.

La quinta estación ya realizaba la extrusión final, dándole a la “punta” sus dimensiones finales y hacía que el tubo interior fuera abierto en ambos lados. Al final del proceso se tenía, como desperdicio, una “moneda” de acero que era también vendida como desecho.

La sexta, y última, estación dejaba caer a un contenedor metálico la “punta” ya formada. Algunas piezas eran tomadas con cuidado, porque aún cuando no eran ya incandescentes sí tenían suficiente temperatura como para quemar la carne viva en un descuido, para hacerles algunas pruebas y verificaciones.

El contenedor de “puntas” pasaba a un área para que se enfriaran y pasaba luego a los procesos de torneado interior y exterior, y luego a la planta principal para unirse a la “funda”, la cual pasaba luego a su ensamble final con los mecanismos diferenciales y ejes en su interior.

Me pasaba horas y horas viendo su funcionamiento y entrevistando a los dos técnicos alemanes que fueron a instalarla. Con su medio español y mi medio alemán pudimos elaborar los manuales de operación y mantenimiento básicos, en español. De los dos técnicos solo recuerdo bien a Hans (¿de qué otra forma se puede llamar un alemán?), porque era un verdadero borrachales, amante de una de las muchachas de la planta a la que embarazó y que dejó sola con el bebé de ambos después de terminado el proyecto.

Por esas mismas fechas, mi jefe (Director de Recursos Humanos) renunció para irse a Syntex y dejándome en la orfandad profesional. Pero, en realidad, como dije al principio del posteo, las crisis las toma uno para reaccionar como los toros de lidia, o para abrumarse de problemas inexistentes.

No me dejé apantallar por las politiquerías de mis enemigos laborales, celosos de mis tempranos triunfos y de codearme con la alta dirección en el DF, por lo que al encontrarme con mi nuevo jefe el traspaso a las flamantes y nuevas oficinas de EATON en el DF, en Bosque de Ciruelos, sirvió para que me promoviera a un mejor puesto, administrativo y estratégico, de los Recursos Humanos de todo el Grupo EATON.

Por un lado extrañé mis paseos por la planta y su maquinaria, los trabajadores y los supervisores, sus ruidos y sus olores, su comedor y las salidas a una Toluca transitable y buena onda. Pero por el otro, regresar al DF ya con un puesto gerencial, con poder de decisión y proyectos magníficos al mediano plazo, hizo que viera el futuro con bienestar y olvidara las penurias del '82 y el '83.

Y así debemos enfrentar esta crisis del 2009, con nuevos proyectos, nuevas metas, nuevos bríos.

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Poco se habla ya de Cal Tjader, salvo por un puñado de entusiastas que aún lo recordamos. Fue un auténtico promotor del ritmo latino en el jazz desde 1954 hasta su muerte. Descubridor y padrino musical de Poncho Sánchez, un excelente conguista actual.

De sus múltiples álbums, en 1979 grabó La Onda Va Bien que le hizo ganar el Grammy por el mejor álbum de música latina en 1980. Y en 1982, en plena gira artística en Filipinas, falleció de un ataque al corazón.

Por varios años su música siguió escuchándose en la radio, sobre todo en JazzFM. Escuchaba la estación en mis momentos de descanso e invariablemente escuchaba la música de Cal Tjader, así como Chick Correa, Clare Fischer y otros.

Fue en uno de esos momentos, de arrebato musical, en que me levanté con ganas de comprar un disco de Tjader. Así que me fui al Sanborns de Chapultepec y empecé a recorrer las pastas de los discos LP. La suerte me sonrió al encontrar una copia de La Onda Va Bien, en un prensado mexicano post-mortem de 1983.


Todas sus pistas son excelentes, pero en particular mi preferida es Speak Low.





Solo como una duda personal, les comparto otra de las pistas: Linda Chicana, ¿acaso no suena igual que Una Mañana, de Café Tacvuba? ¿Será este un caso de plagio? Vayan ustedes a saber.





Hay un gracioso comentario, en inglés, al final del texto de la contraportada.

Dice:
When you play this album, open the windows. The world could use some honest music.

Los invito a seguir el consejo.

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Y así, con la música del vibráfono de Tjader, termino con estos recuerdos de ingeniería.